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Escolta

Por: Padre Raúl Hasbún | Publicado: Viernes 4 de septiembre de 2015 a las 04:00 hrs.
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Escoltar es resguardar, conducir a alguien para que llegue con seguridad a su destino. Los responsables de acompañar a determinadas personas en previsión de posibles atentados reciben el nombre de escoltas. Por la naturaleza de su función suelen tener permiso para portar y usar armas.

Tanto la fe como la razón asignan a Dios la tarea de cuidar, acompañar y defender a los que El ha creado. Esa divina Providencia (nombre propio de comunas y avenidas de Santiago) se asegura y canta, con sublime poesía, en el salmo 22: "El Señor es mi Pastor, nada me habrá de faltar". La reitera Jesús en el sermón de la montaña: "Vuestro Padre celestial sabe bien lo que ustedes necesitan y hará por ustedes mucho más de lo que hace con las aves del cielo y los lirios del campo". Y la confirma su apóstol Pedro: "Confíenle a Dios todas sus preocupaciones, porque El se ocupa y cuida de ustedes". Todopoderoso, Dios no necesita armas.

Causa primera, Dios quiere y suele cumplir su tarea de acompañamiento y protección por medio de causas segundas. A cada hijo suyo le destina un ángel custodio, espíritu puro e invisible, pero real, obediente y sobremanera eficiente. Las madres de todos los tiempos, y en especial las de ahora, sobrecargadas y sobrepasadas de exigencias, no podrían vivir tranquilas sin el concurso de estos divinos escoltas que día y noche protegen a sus niños con las armas del amor vigilante y de la oración omnipotente.

También papá y mamá son causas instrumentales de la divina Providencia. Dios les ha delegado la tarea de escoltar a sus hijos hasta asegurar su plena autovalencia y madurez. Cuentan para ello con las armas de la autoridad y del ejemplo.

Dada la propensión humana a apoderarse de lo ajeno y matar a quien se lo impida, la sociedad ha creado grupos legalmente mandatados y armados para resguardar con eficacia la propiedad y la vida de los ciudadanos.

La incurable necedad humana ha ido desmantelando todos los instrumentos humanos de la Providencia divina. En lugar de garantizar el derecho y facilitar el deber de los padres de acompañar a sus hijos y proteger su desarrollo pleno, el Estado arma a los padres con el poder legal de eliminar a sus hijos. Los escoltas devienen asesinos de sus escoltados. En lugar de fortalecer la irrenunciable tarea paternal: saber dónde y con quién están los hijos, el Estado arma a niños y adolescentes con el poder legal de reclamar privacidad y confidencialidad. En lugar de respaldar a las instituciones dotadas de armas para dar eficacia al derecho, el Estado las desautoriza y humilla cada vez que usan sus armas. Con razón las dejan en una camioneta.

Gracias a Dios que nos quedan, como escoltas seguros, nuestros ángeles de la guarda.

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